Opinión. F. JAVIER MERCHÁN IGLESIAS. «La calidad de la educación, un fracaso»

25 - febrero - 2016 Opinión | Política Educativa

DESDE hace veinte años, cada trimestre, los docentes y centros escolares siguen la rutina de formular propuestas de mejora. Desde entonces se habrán acumulado cientos de miles de propuestas sin que pueda decirse que la calidad de la educación haya mejorado significativamente. Corría el año de 1996 cuando el Ministerio de Educación -entonces regido por Esperanza Aguirre- dio los primeros pasos para operar un cambio significativo en la política educativa. Frente al modelo de mejora basado en la pedagogía, que tuvo con la Logse su momento estrella -quizás más simbólico que real-, se fue implementando lo que los expertos denominan un modelo basado en la gestión empresarial de la escuela. Lo importante ahora, no es tanto el cambio de los métodos de enseñanza, del contenido de las materias escolares, de los horarios o de los recursos disponibles, lo importante es la gestión. Una política centrada en la consecución de resultados, una política de números y porcentajes que desconfía de los docentes para alcanzar sus objetivos y los mantiene bajo sospecha y sutil presión. La fórmula adoptada fue la que se dio en llamar gestión de calidad, que no es otra cosa que la aplicación en los centros escolares del ciclo infinito de la evaluación, propuestas de mejora, evaluación y rendición de cuentas basada en las calificaciones de los alumnos. Una fórmula que requería un cambio en el papel de la dirección de los centros escolares, ahora convertidos en gerentes o managers que garantizaran el control de la cosa, aunque eufemísticamente se les rebautizara cómo líderes pedagógicos. La estrategia fue adoptada con entusiasmo en el año 2000 por la Administración andaluza con la puesta en marcha de los Planes de Autoevaluación y Mejora, yendo incluso más allá cuando aplicó el pago por resultados con el denominado Plan de Calidad.

Veinte años después no hay ninguna evidencia de que realmente haya mejorado la calidad de la educación, pues, más allá del maquillaje de los números y porcentajes, el nivel de comprensión lectora y expresión oral y escrita de los alumnos, sus destrezas para la resolución de problemas y, en definitiva, el bagaje formativo que adquieren, es manifiestamente mejorable. Sencillamente, la fórmula ha fracasado, dándose la circunstancia de que los entusiastas de la evaluación no parecen dispuestos a evaluar sinceramente los resultados de su estrategia.

Pero el caso es que nadie parece sentirse aludido por este fracaso, de manera que las leyes, las circulares, los ministros, los consejeros y consejeras de Educación cambian y se suceden unos a otros mientras que año tras año permanece la misma inercia, la misma rutina, la misma fórmula tecnoburocrática que inunda de papeles y tareas absurdas el tiempo de los docentes y la vida de los centros escolares. Y en este punto uno echa de menos a la política, pues da la impresión de que los responsables de la educación se autolimitan a la función de conseguir meramente que los centros escolares abran sus puertas cada día, dejando en manos de la burocracia la esperanza de avanzar en el tan manoseado objetivo de la calidad de la educación. A estas alturas de la historia, para responder a las esperanzas que la sociedad deposita en el sistema educativo, no es suficiente conseguir que los alumnos estén recogidos en las aulas, hace falta más política y más pulso, hace falta desprenderse de viejas técnicas de gestión que ya están obsoletas, un poco más de autocrítica y un poco menos de autocomplacencia.

Mientras aquí seguimos paralizados en las fórmulas de hace veinte años, en otros países sus sistemas educativos van adentrándose en nuevos caminos para mejorar la formación que proporciona a los jóvenes. En estos casos, por ejemplo, se cuestiona la bondad del conocimiento empaquetado en asignaturas, el papel de los exámenes, la rigidez de los horarios y espacios o se impulsa de manera la decidida incorporación de las nuevas tecnologías a la enseñanza. Es urgente explorar nuevas vías de mejora de la educación: Corresponde a la política educativa tomar el mando y abandonar la resignación a convivir con un paquidermo moribundo. Responsabilizar a los docentes de los exiguos avances en la mejora de la educación es una estrategia que ya ha caducado; dejarse llevar por la inercia, es una fórmula que ya ha fracasado. Ahora la pelota ya está en el tejado de la política, no de los burócratas. Pero, claro, hace falta saber si hay alguien ahí.

 

F. Javier Merchán Iglesias

Profesor asociado de la Universidad de Sevilla

Publicado en Diario de Sevilla. Febrero de 2016

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